EL SECUESTRO.
Parte II.
Si, resistí, pero los líquidos que me inyectaron me dejaron estúpida. Me ataron de pies y manos. Vendaron mi vista
y me dejaron en el asiento trasero. Cada pocos minutos recibía una nueva dósis, tanto que luego me acostumbré a
la sensación de estupidez y no sentí dolor.
Habrán pasado segundos, horas...No lo sé. Aunque en realidad es lo mismo, pues me sentía como si todo se hubiese detenido.
Nisiquiera el más agudo de mis sentidos funcionaba ya que era como si el aire que estaba impregnado en mi nariz fuera lo
único que me dejara vivir. Mis extremidades no tenían ya fuerzas para intentar desatarse. Era lo que habían intentado desde
el principio, fallidamente.
Desearía poder dormir, o haber muerto de tantas dósis, pero seguía despierta y muy viva. Por lo menos el sueño hubiera
ayudado a amenizar la eterna espera de que esto mejorara un poco más...
Las graves voces de los tipos resonaban en mi cabeza como mil tambores siendo golpeados por ellos mismos, o como mil
agujas clávandose en el interior de mis venas para dejar en ellas un líquido que me haría pedir a gritos sordos socorro...
De pronto el auto rojo se detuvo. Sólo eso sentí, ya que nada cambió en mi. Era un fracaso intentar voltear la cabeza, o gritar,
y mucho más pararse. Era absolutamente imposible. En toda mi travesía no sentí algo similar a lo que sentía en ese momento.
Un tipo se apoderó de mis brazos y me levantó por los aires para introducirme en un nuevo mundo, a una dimensión completamente extraña...
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