- ¿Por qué mataste a mi hija?
- Porque la necesitaba.
- Muy bien. Pero no olvides esto: te estaré mirando. Cuando estés en la cruz y los doce golpes destrocen todos tus miembros. Y cuando la gente, por fin, se canse de tus gritos y vuelva a sus casas, subiré al cadalso pisando tu sanggre y me sentaré a tu lado. Te miraré directamente a los ojos y, después, gota a gota, verteré mi odio en tu alma como un ácido corrosivo, hasta que, al fin, mueras.
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